Soledad

   He conservado esa soledad de los primeros libros. La he llevado conmigo. Siempre he llevado mi escritura conmigo, dondequiera que haya ido. A Paris.  A Trouville. O a Nueva York. En Trouville fijé en locura el devenir de Lola Valérie Stein. También en Trouville, el nombre de Yann Andréa Steiner se me apareció con inolvidable evidencia. Hace un año.

   La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y, ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

   Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel periodo de mi primera soledad ya había descubierto que lo que yo tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”.

(Marguerite Duras.- Escribir.- Tusquets: Barcelona, 2009.- Traducción de Ana María Moix)

Para hacer estilo

Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene qué decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones le produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en salones de sociedad. (…)

El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora,  a veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero… Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El amor brujo. Y que el futuro diga.

(Y que los eunucos bufen, prólogo de Los lanzallamas, de Roberto Arlt (1900-1942).- Barcelona: Montesinos, 1995)

Varados

Cuando a Jacques Rivette, en el film Lumière y Compañía, le preguntan por qué filma, el francés calla; luego mira a la cámara, ligeramente incómodo, y responde: “ante esa pregunta solo es posible guardar silencio” .

Por qué escribimos los que escribimos. La respuesta solo puede ser diversa, como sucede con los protagonistas de esa película;  pero detrás de la reflexión sincera o de la simple teatralidad late una pulsión por quebrar los límites de la cotidianeidad, la membrana segregada por el peso de las obligaciones y la voz ubicua del poder. Al descomponer lo cotidiano, devolvemos a sus elementos la intensidad y el significado que se les ha sustraído.

Hay un deseo de gobernarse a uno mismo, porque nos preguntamos si el rumbo que trazamos no debería apuntar en otra dirección. La imagen del marino, o más bien del pasajero, que con gran dificultad trata de hacerse con el timón de la embarcación en una noche cerrada de tormenta, se acerca a lo que siento ahora. Digamos que escribo para tomar el mando de mi vida, para mostrar que la ruta a la que presto mi atención es una geografía fértil en la que merece la pena detenerse.

(Entrevista con Guillermo Stranded. – Laura Ibarreta,  Asalto, nº 238, octubre de 2004)

Cómo y por qué

Las razones de la Literatura en la voz de sus protagonistas. Qué les mueve a escribir y cómo abordan su trabajo.

Espero venir por aquí con regularidad y material de interés.

Saludos